"Juan Valentía". Ese era el nombre con que conocían a aquel hombre temerario que siempre estaba arriesgando la vida y todo lo que poseía por una nueva aventura. Aunque muchos lo apreciaban y le querían por su coraje, ya que había salvado muchas vidas con su valor, él se deprimía con frecuencia, pues sabía que aquella valentía tan sólo era una máscara para ocultar su verdadera cobardía.
El aparente despego por su vida era solo un deseo de morir heroicamente; consideraba además que la vida no le había dado muchas satisfacciones que se diga.
Su conocidos lo admiraban pero, allí, muy dentro de su alma, le reprochaba a la vida las pocas oportunidades que le había brindado de ser un hombre importante. Si había logrado el reconocimiento de la gente fue a expensas de exponer su vida como si esta no valiera nada.
El oculto miedo a la muerte que sentía en aquellos lances, además del poco interés que tenía en seguir arriesgando su vida por nada, comenzó a fomentar en él un nuevo personaje llamado "Juan "Cobardía".
A sus amigos mas íntimos les había confesado que la vida le había sido injusta, lamentándose de que mientras a algunos les daba fama, dinero, posesiones y bienestar, a él tan sólo le daba oportunidades en las cuales casi a diario exponía su vida, logrando simplemente reconocimientos escritos en pergaminos, o algún discurso con palabras emocionadas que pronto se las llevaba el viento.
En esta fase de su vida él se reconocía como "Juan Quejas". Un día, cuando el quejarse era rutina, surgió muy dentro de él un nuevo personaje que comenzó a enfrentarse con los tres que ya vivían dentro de su vida.
"Juan Cordura"; ése era su nombre. Un día, le habló a Juan Quejas diciendo:
-No te quejes, porque aquél con quien te comparas, aunque tiene mucho dinero padece de una enfermedad que le está destruyendo el estómago y no puede comer las cosas que tú si puedes. Además, la vida se le está yendo poco a poco.
Juan Quejas, se levantó de las penumbras del inconsciente y protestó:
-Sí, pero puede tener cosas que yo no puedo; además ante la sociedad él despierta más respeto que yo y su vida es mucho más confortable que la mía.
-Parece que te olvidas fácilmente de los dones que la vida te ha dado -dijo con voz apacible Juan Cordura-. Tienes ojos; ésa es una bendición doble. Hay gente que apenas tiene uno; otros, ninguno. Y hay quienes, teniéndolos, no pueden usarlos por padecer el infortunio de la ceguera. En cambio tú puedes distinguir los colores, haciendo que tu vida no sea lúgubre y oscura.
Tienes pies para caminar, y a veces te quejas de que no puedes comprarte un par de zapatos, pero… ¿qué me dices de aquellos que teniendo dinero, no tienen pies para ponérselos? Tienes oídos. ¡Agradece a la vida que te ha dado dos! Los que son sordos no pueden escuchar el canto de los pájaros, una bella canción, o un '¡Te quiero!' de alguien que los ama. ¿Te das cuenta lo que eso significa?
¿Recuerdas los sucesos a lo largo de tu vida? Es porque has sido provisto con la más perfecta computadora que almacena datos sin límites: el cerebro humano; capaz de recordar cosas que tú creías haber perdido en el laberinto de tu memoria.
Tienes manos. Se te ha dado el hermoso sentido del tacto. Puedes palpar, sentir lo rústico y lo fino, mientras que hay personas que nacieron sin ese privilegio.
Observa tus cabellos; ellos dan estética a tu persona, mientras que en el mundo hay millones que son calvos y tienen que usar peluquines porque no aceptan su condición. ¿Qué más puedo decirte…? Podría hablarte de mil cosas más, pero creo que con éstas son suficientes para hacerte ver que tú estás mejor que millares, y aún así te quejas.
Juan Quejas gruñó; y Juan Cobardía, que había escuchado atentamente, dijo sin mirar de frente:
-¡Tú lo ves todo muy fácil, Juan Cordura! ¡Pero la vida es muy difícil y constantemente nos derrota dejándonos frustrados a la vera del camino!
-¡Con razón te apellidas Cobardía! ¿Quién dijo que la vida es fácil? La naturaleza a todo le puso un precio, y todo el que ha pagado ese precio por lo que obtiene, se siente realizado logrando algo con su propio esfuerzo. El reto es trabajar duro con las ideas y con los sueños hasta poder convertirlos en realidad.
Sólo los cobardes como tú tienen miedo a los sueños y proyectos por temor al fracaso. Por eso nunca tienen metas y nunca fracasan, pero no te olvides que quien nunca fracasa es porque nunca ha emprendido nada.
El que ha triunfado, también ha fracasado muchas veces, pero con decisión se impone al obstáculo y a la cobardía de hacer el ridículo, y reemprende el camino transitando con nuevas fuerzas por la vida. ¡Atrévete a dejar tu cobardía! Emprende con decisión lo que quieras ser; no hay predestinados, el destino lo hace uno mismo.
Si caes, levántate; pues el sendero, aunque no es fácil, se lo puede caminar en victoria pudiendo conquistar lo que parece imposible.
En eso interviene Juan Valentía diciendo:
-¡No molestes a Cobardía! Recuerda que somos hermanos y que cuando él ha fallado, yo he salido al frente a tomar su lugar. Nunca les he hecho quedar malparados ni a él ni a ti. Sé que muchas veces tienes razón, pero… ¿no será que la cobardía de mi hermano está también en ti y no quieres darte por enterado de eso? ¿Acaso no te quejas de los que se quejan? En eso te pareces también a Juan Quejas.
-Tienes razón -dijo Juan Cordura-: nosotros tenemos de todo un poco. Reconozco que me quejo de los que no piensan como yo, y que he sentido miedo cuando he tratado de exponer mis ideas temiendo que por ellas me tilden de loco.
Mi cordura me excusa para hacer las cosas comedidamente y no perder mi reputación que he ganado a base de sacrificios. Ella me ha hecho reprimir miles de deseos y planes que realizarlos significaría falta de cordura para muchos. Me quejo de los locos, pero… ¡cuántas locuras están en mí ocultas por mi cordura!
Algunas veces hay quienes se extrañan porque, al igual que Juan Valentía, he realizado proezas que requieren mucho coraje. Las hice sin pensarlo dos veces porque hay ocasiones en que me he revelado con contra de mi cordura.
Juan Valentía sin vacilar dijo:
-No te entristezcas por lo que dices; yo también tengo secretos que confesar.
Hay cosas que he realizado a pesar de que la cordura me decía claramente que no las hiciera. ¡Cuánto me pesa haberlas hecho, porque han causado mucho dolor a mí y a mis seres queridos!
Al igual que Juan Cobardía, también he sentido miedo, pues en mí no todo es valentía. También, como Juan Quejas, me he quejado porque sólo muy pocos reconocen mis valores y virtudes. ¿Te des cuenta que todos nosotros nos parecemos y tenemos algo el uno del otro, y que no podríamos existir por separado?
Juan Cobardía y Juan Quejas asintieron con sus cabezas acercándose a Juan Valentía y a Juan Cordura estrechándose en un fuerte abrazo.
En alta voz reconocieron que el ser humano necesita de ellos en muchísimos actos de la vida, y que la grandeza de los hombres consiste en: tener miedo, para descubrir la altura de sobreponerse a él, y andar con cautela en cualquier situación. Tener quejas contra las cuales luchar y no caer en el error de los criticados y los criticadores.
Vivir momentos de valentía, para acallar la cobardía que todos llevamos dentro. Escuchar las razones de la cordura para analizar las proposiciones de la vida; no arriesgar por arriesgar, sino acometer contra aquello que nos haga bien a todos.
Se hizo un breve silencio, y luego los cuatro juntos exclamaron al unísono:
-¡Qué grande es el alma humana! Nos da albergue a pesar de ser diferentes, y en ocasiones estar el uno en contra del otro.
Así abrazados, los cuatro Juanes se perdieron en los pliegues del alma, esperando reaparecer en los momentos requeridos del ser humano a pesar del dilema de ser tan diferentes.